Cerro de Batallones, testigo de un pasado de 9 millones de años







Resulta casi imposible imaginar nuestro municipio cubierto por una gran extensión de agua en cuyas costas habitaban animales tan espectaculares como jirafas prehistóricas, mastodontes o incluso el feroz tigre dientes de sable. Aunque resulte difícil de imaginar, lo cierto es que esta estampa se produjo hace aproximadamente nueve millones de años.

 Durante este periodo, el Cenozoico, la depresión de Madrid recogía el agua que bajaba desde la sierra por las escorrentías, formando un lago de miles de kilómetros cuadrados de extensión que cubría gran parte de la Comunidad de Madrid. El lago se fue colmatando y durante parte del Mioceno fue depositando yesos y otros tipos de sales. Aunque primariamente fue un lago salino, durante el proceso de relleno la cuenca, pasó a ser de agua dulce.

 Gracias a este cambio en la composición de las aguas, sus costas fueron una fuente de agua para los animales que habitaban la zona en aquellos tiempos. Muy próximo a nuestro municipio, y en el término municipal de Torrejón de Velasco, se encuentra el Cerro de Batallones, actual cerro testigo que nos ofrece una referencia geográfica del entorno del Mioceno, antes del comienzo de la erosión de los ríos cuaternarios.

 Lo que el Cerro de Batallones nos cuenta sobre esta zona es que hace aproximadamente nueve millones de años la colina se encontraba ubicada en la costa del lago. El otero estaba perforado por diferentes cavidades en las que, en épocas de sequía, los animales buscaban charcas o manantiales donde beber. Nos encontramos, pues, con un entorno en el que —actualmente situado a una altura de unos setecientos metros sobre el nivel del mar— existía un desnivel con respecto al nivel de base del lago que posibilitaba la existencia de escorrentías, parte del agua de lluvia penetraba en el subsuelo y, de esta manera, se formaron las cuevas.


 Una suerte de casualidades 

 En el Cerro de Batallones se produjo un sumatorio de condiciones excepcionales que han dado lugar a un yacimiento insólito a nivel mundial.

 Un veraniego 11 de julio del año 1991, el periodista del diario El País Vicente G. Olaya publicaba una noticia sobre el hallazgo de unos huesos en una explotación minera de sepiolita al sur de Madrid. Para aquel entonces, el periodista se había presentado en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, donde mostró algunos de los huesos encontrados a Jorge Morales, geólogo del museo, que contaba con casi veinte años de experiencia por aquel entonces. Jorge le solicitó más ejemplares de huesos para poder comenzar a valorarlo como un posible yacimiento. Vicente no lo dudó y se presentó con varios huesos, entre ellos un maxilar de un carnívoro fósil que parecía tener varios millones de años.

 Tan sólo se conocía que los huesos habían sido encontrados en una cantera situada en Valdemoro. Jorge Morales decidió acudir a la zona y, tras preguntar a varias personas que indicaron el lugar en la que habían aparecido los huesos, llegó a la explotación, de donde las máquinas se habían marchado y no había nadie. Unos días más tarde, volvieron al yacimiento acompañados de un operario que les indicó de dónde habían salido los fósiles. Tras vaciar el hoyo, comenzaron a aflorar a la superficie numerosos ejemplares de restos fósiles, lo que les llevó a realizar una campaña de excavación ese mismo año. Los resultados fueron sorprendentes, tanto es así que gracias a los descubrimientos de esa campaña, la Comunidad de Madrid subvencionó el proyecto para la excavación del yacimiento durante los tres años siguientes.


 En esos tres años de trabajo se realizaron siete meses de campaña en los que descubrieron que se encontraban frente a un yacimiento excepcional y singular que nada tenía que ver con lo estudiado hasta el momento. Esto se debía principalmente a que la composición mayoritaria de fósiles era de restos de carnívoros, un 95 % del total de restos encontrados. Además, dentro de los carnívoros, existía una gran variedad de especies como dos variantes del tigre dientes de sable, hienas, o mustélidos, entre otros.

 Los yacimientos suelen ser el reflejo de lo que sucede en la naturaleza actual, es por ello que lo más habitual es encontrar en torno a un 90 % de restos de herbívoros, mientras que los carnívoros están representados por un 5 % o 10 %. Esto es así por la configuración de la naturaleza, en la que los herbívoros conforman la base de la pirámide trófica, mientras que el grupo de carnívoros se encuentra en la cúspide, con un menor número de ejemplares que depreda sobre los herbívoros y especies en posiciones inferiores. En el caso del Cerro de Batallones la situación se invierte y el número de carnívoros es ampliamente superior al de herbívoros.

 Algunos años después, en 1999, y tras un parón en las labores de extracción, TOLSA, la empresa minera, retomó la explotación de la parcela. Para aquel entonces, la Comunidad de Madrid con el fin de conceder el permiso de explotación le pidió a la empresa que realizara un seguimiento de la explotación, en la que un equipo de paleontólogos y arqueólogos supervisaran las excavaciones. Fruto del trabajo de la empresa en la zona, afloraron nuevos yacimientos, llegando hasta un total de cuatro. En ellos, además de carnívoros se encontraron restos de mastodontes, e incluso una jirafa. Gracias a estos nuevos yacimientos, los investigadores supieron que se encontraban frente a un conjunto de yacimientos, de los cuales no conocían a ciencia cierta su origen.

 Por regla general, los yacimientos paleontológicos se forman a través de dos procesos diferentes. Podemos hablar de yacimientos estratificados, cuando los fósiles se depositan junto a los sedimentos enapas; o yacimientos kársticos, cuando se depositan en cuevas, donde el principio de superposición de los estratos se cumple de manera local pero no a nivel global. Los investigadores descartaron desde un principio que el yacimiento fuese de tipo estratificado, pero desconocían como se había formado. Fue gracias a la ayuda de Pablo Silva, geólogo que ya había leído algunas publicaciones sobre el cerro, cuando descubrieron que su verdadero origen partía de un fenómeno denominado piping.


El piping es uno de los agentes de erosión más típicos en las zonas semiáridas. Este proceso se basa en la penetración del agua a través de grietas del terreno, que termina por crear conductos y canales que, cuando llegan a un nivel freático impermeable, deposita los sedimentos erosionados. Estaríamos entonces frente a unas cuevas que se habrían conformado por un proceso de erosión del agua gracias al desnivel del cerro.

 La singularidad del yacimiento del Cerro de Batallones reside en la asociación de dos procesos que, por separado son muy comunes, pero que de forma conjunta raramente se producen en la naturaleza. El primero de los procesos es el de fosilización, muy común en la Comunidad de Madrid, y España en general. El segundo, el fenómeno del piping, también muy frecuente, que da lugar a accidentes geográficos como las cárcavas. Para que este fenómeno se mantenga intacto es necesario que exista una dura capa de sedimentos que lo conserve. El Cerro de Batallones posee capas de sepiolita de hasta siete y diez metros de profundidad, una arcilla que, cuando se seca, es muy ligera y no forma barro, gracias a su capacidad de absorción.

 Debido a la resistencia de los materiales, las cavidades se formaron en el terreno durante un proceso muy lento. A su vez, estos agujeros adquirieron una resistencia y una durabilidad que les permitió prolongarse durante más tiempo del que suele durar un piping regular. Se desconoce si todos los agujeros se formaron al mismo tiempo, pero se calcula que se pudieron conformar en un lapso de unos 100 000 años.

 Una vez formadas las cavidades, como explicábamos anteriormente, los animales se introducían en ellas para beber agua. Los que principalmente se adentraban en estos agujeros eran carnívoros pues, gracias a su habilidad y flexibilidad, podían realizar amplios saltos para salvar desniveles de varios metros. En Cerro de Batallones se producía una retroalimentación: los animales quedaban atrapados, lo que permitía que nuevos depredadores ocupasen la zona y cayesen de nuevo en las fosas. Gracias a ello, algunos de los yacimientos que han descubierto presentan restos de hasta cincuenta individuos de una sola especie.

 Para cuando la empresa TOLSA terminó la explotación en el año 2008 se habían encontrado un total de diez yacimientos repartidos de manera aleatoria por el cerro, de los cuales nueve contenían restos fósiles. El motivo por el que se cree que Batallones 8 no tiene restos es porque quizá se trató de una cavidad de fácil salida para los animales. Las cavidades tardan muchos años en rellenarse, formándose charcas compuestas por barros similares a las arenas movedizas, lo que explica la acumulación de herbívoros de gran tamaño en niveles superiores. Estos quedaban atrapados; los animales de grandes dimensiones —en algunos casos— carecen de la capacidad de superación de pequeños desniveles.


 Fuente incesante de información 

 Cuando Jorge Morales pisó por primera vez el yacimiento de Batallones 1, nunca llegó a pensar que bajo sus pies se encontraría con cerca de una treintena de campañas de campo y más de veinticinco años de trabajo y de estudio del material. El equipo de investigación liderado por Jorge está compuesto por investigadores de instituciones como el Museo Nacional de Ciencias Naturales y el Museo de Historia Natural de París, así como de las universidades Complutense y Autónoma de Madrid, la de Zaragoza o la de Valencia.

 El objetivo del equipo de investigación reside en estudiar la información obtenida de los diferentes yacimientos —tanto paleontológica como geológicamente—, a fin de recopilarla y transformarla en publicaciones académicas que se concretan en artículos y tesis doctorales. Gracias a esto, podemos conocer los resultados de los análisis de la identificación de los fósiles, las características del proceso de fosilización, así como las inferencias paleoambientales o la dieta de los animales. Aunque las dinámicas de trabajo se han ido alterando en relación al presupuesto —ha disminuido el número de días de excavación—, se ha generado documentación suficiente como para investigar durante años.

 La repercusión a nivel local de estas investigaciones quizá no haya sido la deseada. Sin embargo, a nivel internacional gran parte de las publicaciones se encuentran en las páginas de las mejores revistas científicas del mundo. El colectivo de investigadores atesora un excelente currículum que les dota de un merecido prestigio en la comunidad académica.

 De forma paralela a las investigaciones, el grupo también trabaja aspectos patrimoniales, como la elaboración de exposiciones y la edición de libros monográficos. En el año 1993 se realizó la primera publicación monográfica del Cerro Batallones. Esta contó con una exposición previa, «Madrid antes del hombre», compuesta por restos encontrados en esta y otras zonas de la Comunidad. Con la entrada en el nuevo siglo, en el año 2000, se vuelve a realizar una publicación monográfica. Está previsto que a finales del 2017 se retomen los trabajos patrimoniales con una exposición temporal que terminará por asentarse de manera permanente en el Museo Arqueológico Regional.

 Gracias a sus resultados científicos y al nivel competitivo del grupo, se ha conseguido mantener la investigación a nivel estatal. Aunque la paleontología no goza de una gran popularidad dentro de las ciencias, el grupo cuenta con el apoyo del Ministerio de Economía y Competitividad, del Consejo al que pertenece el Museo Nacional de Ciencias Naturales y con el de la Comunidad de Madrid. Este 2016 también cuentan con el apoyo de una beca otorgada por la prestigiosa National Geographic Society, quien ya apostó por la investigación en esta zona en 2001. Como reconocimiento, el Cerro de Batallones cuenta con la calificación de Bien de Interés Cultural otorgada por la Comunidad de Madrid en 2002.

 La investigación se mantiene, pero la problemática sobre el futuro del yacimiento continúa. El Cerro de Batallones necesita un proyecto que garantice su conservación. Desde el año 2005, existe una propuesta basada en la creación de un Centro de Interpretación. Gracias a esta iniciativa se podría crear un modesto museo y diferentes propuestas de atractivo cultural, como reconstrucciones de yacimientos o visitas guiadas. El Centro de Interpretación no solo supondría una garantía en la conservación de esta riqueza paleontológica, sino también un buen dinamizador de la economía local.



Fuente: larevistadevaldemoro.com

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